Recaer es una de esas palabras que no queremos nombrar. Porque nos hace sentir que fracasamos, que retrocedimos, que decepcionamos a los demás… y sobre todo a nosotros mismos. Pero lo cierto es que una recaída no borra todo el camino andado. No invalida el esfuerzo. No elimina lo que ya transformaste.
La primera vez que recaí, llevaba casi un año limpio. Doce meses de terapia, grupos, lecturas, hábitos nuevos, rutinas. Me sentía bien. Estable. Consciente. Creí que tenía el control. Hasta que un día, sin gran drama ni razón aparente, volví a hacerlo.
Lo que vino después fue más brutal que el consumo en sí: la culpa. El “ya no vale la pena”, el “para qué seguir”, el “siempre voy a ser así”. Me aislé. No quería contarlo. Sentía que si lo decía, decepcionaría a todos. Pero el silencio no me salvó. Me hundió más.
Un amigo del grupo me llamó. Me escuchó sin juzgar. Me dijo algo que aún hoy resuena:
“Esto también es parte del camino. Lo importante no es lo que hiciste, sino que sigas aquí.”
Y sí, seguir aquí es lo valiente. Volver a pedir ayuda. Volver a sentarse en el círculo. Volver a mirar a los ojos. Eso es lo que transforma una recaída en un reencuentro contigo mismo.
Entendí que la recuperación no es lineal. No es una escalera ascendente. Es un mapa lleno de desvíos, pausas, retrocesos. Pero cada paso, incluso los torcidos, suma a tu historia.
Así que si estás ahí, con el nudo en la garganta, sintiéndote solo o rota, recuerda esto:
Recaer no te borra. No te define. No te quita el derecho a seguir.
Háblalo. Nómbralo. Y sigue.
Porque sigues contando. Porque tú también eres divino.